Caminaba hundiendo los pies en la arena mojada, con el agua y la sal empapando la piel mientras los pensamientos iban calando en mi alma. Abstraída en ellos, hasta el punto de que aquella playa llena de gente se había convertido en un rincón solitario, donde sólo existía un tú a tú entre el sol caliente del mediodía y yo.
Mis piernas en continuo zig-zag esquivando castillos de arena no conseguían desviar el rumbo de esos pensamientos. La sensación de que, aunque soy muy afortunada por todo lo que la vida me ofrece y me regala cada día, hay algo incompleto dentro de ese puzzle que forma mi corazón. Y de repente, los pensamientos se transforman en imágenes, en rostros asociados a recuerdos del pasado, recuerdos de momentos mágicos aunque también de heridas que tardaron mucho a cicatrizar. Cicatrices que invadieron esa parte incompleta hasta el punto de borrarla y de hacerme creer que no era necesaria, que no hacía falta ninguna pieza más.
Mis pies se alejan de la arena, regresan a su mundo habitual, en el que las pequeñas cosas llevan la calma al oleaje de mi interior. Y me quedo con eso, intentando disfrutar de cada instante, de cada segundo y tal vez algún día encuentre la pieza del puzzle, si es que realmente me falta...
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