
Había una vez una nota discordante que viajaba en busca de una melodía en la que pudiera encajar.
Todos los días, muy cerca de ella, escuchaba la canción perfecta. Quería encontrar un pequeño hueco en el pentagrama de aquella partitura y es que...¡la melodía le gustaba tanto!
Pero aquel sonido tenía tal armonía que creía que se colocara en el compás que se colocara lo único que conseguiría sería desafinar y romper la perfección de aquella pieza. Así que simplemente se limitaba a escucharla y a disfrutar de ella.
La tenía tan memorizada que era capaz de reproducirla en su interior sin que una sola nota se le escapara.
Un día, caminó un poco más lejos de lo que solía hacerlo y empezó a escuchar otras canciones, con estilos muy diferentes de esa "melodía perfecta" que escuchaba siempre.
Y entonces, aquella melodía le pareció que ya no era tan perfecta. Empezó a descubrir que las notas no siempre sonaban igual, que había días en que desafinaban porque se negaban a compartir el pentagrama con las demás, porque invadían el espacio de las otras y las ahogaban subiendo su volumen o simplemente porque la rutina y el cansancio no las dejaban brillar como sabían hacerlo.
No es que las otras canciones fueran mejores que aquella, sólo estaban en otra escala, iban a otro ritmo, ni mejor ni peor, simplemente diferente. Y decidió sumergirse en aquella sinfonía multicolor y cambiante, buscando e investigando sobre su propio sonido y colocándose en el pentagrama que encontraba a cada paso, descubriendo que era importante y necesaria en cada una de las canciones de las que formaba parte...