Cuando los círculos no se cierran, siempre corres el peligro de volverte a ver caminando sobre ellos. Así es como me siento yo ahora, dando vueltas sin parar, repitiendo las mismas situaciones, las mismas sensaciones... incluso las mismas palabras.
Aunque no es exactamente igual, porque yo sé el daño que puede hacerme entrar en su juego y creo que, de alguna manera, estamos intercambiando los papeles. Ahora tengo la sensación de que es él el que intenta desesperadamente que ese hilo que frágilmente nos une no se rompa. El problema es que yo, en el fondo y por momentos, también lo deseo. Pero al mismo tiempo pienso que igual es porque no veo otras opciones en mi horizonte y me aferro a ésta...
No creo que quisiera hacerme daño a propósito y además no quiero juzgarlo. No puedo pretender juzgar a alguien sin conocerlo. Sí, sin conocerlo, porque cuando parece que desnuda su alma frente a mi, de repente se pone la coraza y ya no sé qué pensar.
La otra noche me sentí bien y mal al mismo tiempo. Por un lado mis palabras fueron capaces de vencer el miedo y sacar la espina que me clavó hace tiempo, demostrándole que las personas tenemos sentimientos y que no se debe jugar con ellos. Y por otra parte, fui consciente de que esas palabras no eran las que él quería oír y que le estaba haciendo daño al pronunciarlas, de hecho la conversación se cortó, aunque creo que eran necesarias para dejar claro en qué minuto del partido estamos.
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