Una vez más llega el desencanto y ese sabor amargo que queda cuando las cosas no son como las había imaginado y que conozco tan bien...
Pensaba que esta vez sí pero el príncipe, como siempre, se convirtió en rana. Y lo peor de todo es intentar buscar un porqué, una explicación lógica y razonable a este sin sentido, a este ahora sí, ahora no y no encontrarla por ninguna parte.
Y cuando no la encuentro paso a creerme que la culpable soy yo, que hago las cosas mal, que el poco interés que pueda despertar se desvanece cuando se me conoce mejor hasta convertirse poco más que en aburrimiento.
Y al mismo tiempo, pienso que el problema es que soy demasiado transparente, demasiado sincera, que no dejo ni una pizca de misterio a mi alrededor, que me entrego sin reservas, dejando a mi corazón vulnerable al mínimo ataque...
La verdad es que esa intuición que tan pocas veces me falla me decía desde el principio que algo no iba bien, que por mucho que quisiera autoengañarme había tropezado con un sapo más. Pero mi fe y mis ganas de que esta vez el príncipe viniera a sacarme de mi torre nublaron mi vista, haciéndome creer que íbamos a ser felices y comer perdices.
No sé si encontraré algún día al verdadero o si seguiré llenando la charca de sapos, pero sí sé una cosa: he sido capaz de abrir la ventana al amor que estaba cerrada a cal y canto desde hace mucho tiempo y, aunque no haya salido bien, para mi ha sido un paso de gigante que me ha llevado a descubrir que soy mucho más fuerte de lo que creía...
No hay comentarios:
Publicar un comentario